por Carlos J. Simón | May 8, 2025 | Estrategia, Innovación
Una vez me invitaron a una reunión para revisar el plan estratégico de largo plazo de una organización del tercer sector. Había una presentación impecable, con gráficos de colores, palabras inspiradoras y escenarios proyectados que llegaban a 5 años en el futuro. Cuando terminó, alguien me preguntó qué pensaba. Respondí: "Hermoso todo, ¿y cuándo empiezan a probar si esto funciona?". Silencio total.
Esa pregunta, más que crítica, fue una declaración de urgencia. Porque lo que vi ese día es algo que se repite con demasiada frecuencia: estrategias hermosas que no pisan tierra. En el tercer sector, todavía confundimos planificación con acción, y estrategia con movimiento. Seguimos creyendo que el cambio social se diseña desde una sala de reuniones, cuando en realidad nace en el campo, en las comunidades, en la piel de quienes se atreven a intentar algo nuevo, aunque no esté terminado.
El futuro no se planea, se prototipa. Y eso no significa improvisar. Significa tener el coraje de lanzar antes de tener todo resuelto, escuchar más que justificar, y estar dispuesto a ajustar el rumbo cada semana. Un buen prototipo es una decisión con fecha de inicio, no con garantía de éxito.
He visto ideas revolucionarias morir por esperar la validación de todos. Y también he visto iniciativas simples, con pocos recursos y mucha convicción, transformarse en modelos replicables. El secreto: alguien se atrevió a probar antes que perfeccionar.
Pero esto va más allá de métodos. Prototipar es una forma de pensar. Es entender que el error no es fracaso, sino retroalimentación. Que la validación más poderosa no es la que viene de un informe, o de una auditoría, sino de la comunidad que te dice: "Esto me sirvió".
El problema no es que no tengamos ideas. Es que las encerramos en comités, esperando el momento perfecto que nunca llega. El mundo cambió. El ritmo es otro. Y si no cambiamos la forma de actuar, seguiremos siendo relevantes… en papeles. La transformación no espera la firma del director general, espera el primer paso de alguien con coraje.
Prototipar es una rebelión contra la burocracia creativa. Es aceptar que una causa no puede esperar el sello de aprobación para ser vivida. Es asumir que si algo no funciona, no pasa nada: lo cambiamos, lo escuchamos, lo volvemos a lanzar.
Y sí, a veces habrá errores, y probablemente hasta vergüenza. Pero también habrá aprendizaje real. Y un día, cuando alguien vuelva a mostrarte un plan estratégico a 5 años plazo, vas a poder decirle: "Hermoso todo, ¿y cuándo lo van a probar?". Pero esta vez, no habrá silencio.
Habrá acción.
Y quizás esta vez, el que haga la pregunta seas vos. O mejor aún: el que ya esté probando algo, mientras otros siguen planeando. Porque si este artículo te incomoda, probablemente también te está hablando.
Entonces, no lo dejes pasar. Elegí una idea. Ponéle fecha. Probala. Y aprendé más en una semana de campo que en un año de planificación.
por Carlos J. Simón | May 8, 2025 | Estrategia, Liderazgo, Manejo del Cambio
Hace unos años, en medio de una tormenta de PowerPoints, estrategias llenas de adornos y reuniones donde todos hablaban pero nadie escuchaba, me hice una pregunta incómoda:
¿Y si todo esto fuera mucho más simple de lo que creemos?
Esa tarde no encontré una nueva metodología, ni un modelo prometedor. Solo escribí, en una hoja cualquiera, diez cosas que había visto funcionar. No porque estuvieran en un libro, sino porque alguien se atrevió a vivirlas. No porque fueran tendencia, sino porque realmente generaban transformación.
Con el tiempo, esas notas se convirtieron en mis faros. Me guiaron cuando la presión pedía complejidad. Me sostuvieron cuando el miedo al fracaso susurraba que esperara. Me recordaron que el liderazgo auténtico no se mide por la cantidad de comités, sino por la capacidad de actuar cuando nadie aplaude, cuando es más fácil pedir “orientación” que tomar decisiones, cuando muchos desean que fracases… para no sentirse tan solos en su estancamiento.
Hoy te comparto esos secretos. No para que los sigás. Sino para que los pongás a prueba. Porque si te incomodan, es porque quizás ya son parte de vos.
- Lo simple transforma más que lo complejo: Si no se puede explicar en dos minutos, no está listo.
- Escuchar es más estratégico que presentar: Primero conversamos con quien lo va a vivir.
- La causa, sin maquillaje, es suficiente: Si no emociona al equipo, no emocionará a nadie más.
- El propósito importa más que la escala: Mejor cambiar bien 3 comunidades que aparentar 30.
- Es el momento, no la perfección: Lanzamos cuando urge, no cuando todo está aprobado.
- Empezar a caminar antes de tener el mapa: Si el próximo paso es claro, lo damos.
- Esperar aprobación es procrastinar el cambio: Pedimos perdón, no permiso… cuando la causa lo exige.
- Servir sin controlar es liderar de verdad: Otros lideran, aunque lo hagan distinto a como lo haríamos.
- Perder protagonismo a tiempo es ganar relevancia duradera: Cedemos visibilidad para que otros crezcan.
- Lo que transforma es lo que se vive, no lo que se inventa: Las ideas no bastan sin voluntad para hacerlas reales.
Cada uno nació en decisiones incómodas, cuando lo fácil era callar, maquillar o esperar… yo elegí actuar.
Y aunque no siempre fue sencillo, siempre valió la pena.
Quizás hoy no tengás una hoja en blanco como aquella vez, pero sí tenés una oportunidad frente a vos:
La de liderar distinto — más simple, más humano, más valiente.
Porque los secretos, los verdaderos, nunca fueron para guardarse, fueron para vivirse con tanta fuerza… que el mundo no pudiera ignorarlos.
Entonces que tu próximo paso no sea perfecto, que sea real.
por Carlos J. Simón | Abr 25, 2025 | Estrategia, Liderazgo
Cuando asumí como Director País de una ONG en Latinoamérica, me dieron una bienvenida cordial, una oficina y una tormenta en curso.
Pensé que venía a liderar una organización. Me equivoqué.
Venía a sostener una causa para que tuviera futuro.
Las megatendencias son realidades que se filtran por cada rendija del trabajo diario. La digitalización exige cambios que no siempre podemos costear. La crisis climática golpea primero a los territorios donde trabajamos. Y la desigualdad, esa vieja conocida, ahora viene con nuevos disfraces: acceso, conectividad, algoritmos.
No hay mes tranquilo.
No hay plan sin variables nuevas.
No hay Excel que aguante tanto contexto.
Primer fuego que tuve que apagar: la ilusión de estabilidad.
Lo primero que aprendí fue a dejar de proteger el “modelo”. Porque cuando el entorno cambia cada tres meses, seguir haciendo lo mismo no es estrategia, es negación.
Empecé a pensar en la organización como un organismo vivo. Uno que muta, que duele, que se adapta o desaparece. El rol dejó de ser gerencial, y se volvió existencial.
Segundo fuego: la recaudación con dignidad.
Nada me molesta más que se exagere el dolor para conseguir fondos o convertir historias reales en marketing de compasión. Siempre promuevo que la recaudación de fondos es el medio para lograr una parte de la transformación que se busca, y por esa razón también debe ser digna y jamás una línea ética que se vuelva borrosa.
Más que branding busco que lo que hacemos sea usable, sí, así como suena, que tanto el donante, como el inversionista social, como el beneficiario encuentren un valor implícito en lo que hacemos, porque no solo quieren impacto: quieren innovación, eficiencia, storytelling, métricas y todo eso con presupuesto que muchas veces es limitado.
Tercer fuego: pensar como negocio, actuar como causa.
Este es el punto que más me quita el sueño. ¿Cómo hacemos sostenible una misión que no fue pensada para generar ingresos?
En lo local, hemos construido alianzas con municipios, creado pequeñas unidades productivas, probado cooperativas y muchas otras cosas. Lo analógico tiene impacto real, pero demanda presencia constante.
En lo digital, he soñado en grande: plataformas educativas, membresías de causa, contenido internacionalizable. Pero ahí todo es inversión inicial, una inversión que no tiene resultados inmediatos y que a veces nunca los tendrá pero te permitió pivotar hacia una idea mucho mejor, eso es otra batalla que te compartiré luego.
Y sin embargo, sigo.
No porque tenga todas las respuestas. Sino porque me niego a normalizar la desesperanza.
Hoy entiendo que ser Director en LAC es ser estratega, líder, terapeuta de equipos, diseñador de sistemas y malabarista de realidades.
Y aunque a veces parezca que camino solo, tengo claro el norte.
No es un KPI, es la causa.
Porque si no estoy dispuesto a cambiarlo todo —modelos, lenguajes, formas— para que la misión sobreviva, entonces lo que defiendo no es una causa, es una estructura.
Y resulta que yo no vine aquí a proteger estructuras.
Vine a servir a los que no pueden esperar.
Con brújula en mano. Sin mapa. Y con fuego en el pecho.
Si todavía sigues leyendo, es porque estás en este camino, no sigas solo.
Comparte esto con otros líderes que, como tú, que no están aquí por un cargo, sino por una causa.
Porque este no es el momento de proteger lo que fue, sino de imaginar —y construir— lo que aún no existe.
Levanta la voz. Comparte la carga. Activa el cambio.
El tercer sector necesita líderes que se atrevan.
¿Eres uno de ellos?
por Carlos J. Simón | Abr 23, 2025 | Creactividad, Innovación
Imagínate a alguien tratando de correr una maratón con una bolsa en la cabeza. Quiere avanzar, lo intenta con todo, pero se asfixia. Así se siente hoy el tercer sector: con ganas de cambiar el mundo, pero sin el oxígeno que le permita hacerlo.
Ese oxígeno es la innovación.
Durante décadas, muchas organizaciones sociales han funcionado más como memoriales de buenas intenciones que como motores de transformación. Procesos lentos, Modelos obsoletos, narrativas que dan pena, no poder. Y sí, siguen vivos. Pero apenas respiran.
Porque el entorno cambió. Hoy no basta con ayudar. Hay que rediseñar. No basta con sensibilizar. Hay que movilizar. Y no basta con pedir fondos. Hay que generar valor real, medible y sostenido.
Eso exige innovación. Pero no cualquier innovación. Hablamos de la que nace del dolor de una causa, del hambre de justicia y de una visión estratégica que no se conforma con sobrevivir.
¿Qué pasaría si el tercer sector dejara de verse como un mendigo con cartel y empezara a operar como un laboratorio de soluciones?
Pasaría esto: dejaríamos de depender de presupuestos externos para empezar a construir modelos de negocio que sostienen, escalan y multiplican el impacto. Modelos que mezclan propósito con estrategia, empatía con diseño, alma con ejecución.
Hay ejemplos que ya lo están haciendo:
- Fundaciones que crean herramientas digitales que luego licencian.
- Organizaciones que entrenan a empresas en sus metodologías sociales, y generan ingresos al hacerlo.
- Startups sociales que venden productos diseñados por comunidades, devolviendo el valor a quienes lo crean.
No es magia, es diseño. Y comienza con una decisión: dejar de operar por carencia y empezar a liderar por visión.
Pero para eso, hay que romper tres paradigmas cómodos:
- “Lo social no se vende.” Falso. Lo que no se vende es la caridad disfrazada de propósito. Lo social, cuando se hace bien, transforma vidas, y eso tiene mucho valor.
- “Innovar es caro.” Más caro es repetir lo mismo y esperar resultados distintos. La innovación no siempre requiere recursos, pero siempre exige coraje y actitud.
- “No nacimos para hacer negocio.” Tal vez no. Pero sí nacimos para cambiar el mundo. Y hoy, eso implica saber moverse en un ecosistema donde las reglas del juego también se pueden redibujar.
Entonces, volvamos a la imagen inicial.
Hoy, el tercer sector está corriendo una maratón con una bolsa en la cabeza. Algunos ya se cayeron, otros siguen, pero con oxígeno prestado y unos pocos —los valientes, los que se atrevieron a innovar— rompieron la bolsa, aprendieron a respirar y están liderando la carrera.
La pregunta es simple:
¿Vas a seguir corriendo así, esperando que alguien te dé aire?
¿O vas a arrancarte la bolsa, rediseñar tus pulmones y correr como si el futuro dependiera de ti?
Porque depende de ti.
por Carlos J. Simón | Abr 20, 2025 | Estrategia, Manejo del Cambio
Recuerdo mi primer día como gerente de marketing en una ONG, ya hace muchos años. Llegué con mi todo mi conocimiento, mi portafolio de campañas existosas y una sonrisa de “aquí vengo a cambiar el mundo”. Pero en la primera reunión, con una persona de una comunidad rural me miró directo a los ojos y dijo:
—Señor, si viene solo a hacer bonito, mejor no venga.
Me ardió. Pero tenía razón.
Esto no es marketing de producto. No es una marca que necesita “amor”. Es una causa que clama urgencia. Aquí, si no se mueve gente, niños no estarán protegidos. Si no conectas con alguien, una mujer sigue en peligro. Si no comunicas bien, el mundo sigue igual.
Por eso, aprendí rápido los "sin duda alguna" que no me enseñaron en ningún máster.
Como contar historias con hambre de justicia.
Como lo hacía Mandela, que usaba cada palabra como si pudiera liberar a alguien. Y lo hacía.
Aprendí a ver sistemas, no solo públicos. A pensar en alianzas donde otros solo veían audiencias.
Tuve que romper mi ego y fallar mil veces. Edison-style. Porque aquí se prueba sin manual, con el corazón latiendo en la garganta y el Excel gritando que no hay presupuesto.
Y cuando me obsesioné con las métricas, comprendí que tampoco era eso, es más bien como logramos obtener resultados medibles que tienen rostro.
Aprendí a hablar con claridad, sin suavizantes, sin florituras. Porque las causas no tienen tiempo para reflexiones interminables, ni para procesos que solo responden a la burocracia, aprendí que es urgente hacer algo ya.
Pero también aprendí a identificar los "de fijo no hagas esto”. Porque cometí cada uno ellos en mi proceso de desarrollo personal y profesional.
Diseñé pensando en el jefe, cuando en realidad se diseña para transformar vidas, no para quien va a firmar!
Confundí viral con vital, o dicho de otra manera el posicionamiento de la marca sin propósito, que es solo ruido.
Esperé al 8M para hablar de mujeres, pero resulta que no existe el tiempo neutral o avanzas o retrocedes.
Hice a veces campañas sin alma, sin duda, bonitas, pero frías. Hasta que vi un video de Lady Gaga que me hizo llorar. Y entendí: el arte que no duele, no sirve.
Y, peor aún, algunas veces pensé en pequeño, porque me dijeron que era “solo una ONG”. Hasta que comprendí muchos años atrás que soñar en grande no es arrogancia, es tu la única opción en un mundo globalizado, hiperconectado y con alta tecnología.
Hoy te hablo a ti, que estás entrando —o sobreviviendo— en este mundo.
Tú que tienes más ideas que recursos.
Más corazón que equipo.
Más urgencia que tiempo.
Hazlo igual. Hazlo distinto. Pero hazlo real.
Este trabajo no es para cualquiera. Es para quienes no pueden dormir si el mensaje no movió a alguien.
Y si algún día dudas…
Recuerda esto: no se trata de comunicar mejor que los demás, sino de que el mundo no pueda ignorarte aunque quiera.
Porque quien no incomoda, no incomoda.
Y quien no incomoda, sostiene el sistema que dijo que venía a cambiar.