por Carlos J. Simón | Mar 19, 2026 | Innovación, Liderazgo
Esa frase resume, con una precisión incómoda, la verdadera naturaleza de la innovación. Pero la mayoría de las organizaciones no están diseñadas para lo absurdo, sino para lo predecible. Hemos construido sistemas que premian la eficiencia, la repetición y el control, y luego nos preguntamos por qué no logramos resultados extraordinarios.
La innovación real no nace de mejorar lo que ya existe. Nace de cuestionarlo todo. De aceptar que lo que funcionó ayer puede ser irrelevante mañana. Y, sobre todo, de atreverse a actuar antes de que el resto lo entienda.
Ahí es donde entra el verdadero problema: el timing. No se trata solo de tener ideas disruptivas. Se trata de saber cuándo ejecutarlas. Demasiado temprano, y parecerán absurdas. Demasiado tarde, y alguien más ya habrá capturado la oportunidad.
Las organizaciones que lideran el cambio entienden que lo absurdo es una señal, no un riesgo. Es el indicio de que están viendo algo que otros aún no ven. Pero ver no es suficiente. Hay que moverse.
En mi experiencia, la creatividad no es un acto espontáneo. Es una disciplina incómoda que exige salir de los marcos mentales tradicionales. La innovación no es una idea brillante, es una decisión. La decisión de hacer algo distinto, aunque no haya garantías. La decisión de incomodar sistemas, equipos y hasta a uno mismo.
Por eso, el verdadero diferencial no está en quién tiene la mejor idea. Está en quién se atreve a ejecutarla cuando todavía parece absurda. Porque ahí es donde vive la oportunidad.
Hoy, más que nunca, el tercer sector necesita dejar de optimizar lo conocido y empezar a explorar lo impensable. No porque sea cómodo, sino porque es necesario. El mundo no está esperando a que nos sintamos listos. Está avanzando al mismo ritmo: rápido.
Solo aquellos que se atrevan a intentar lo absurdo en el momento correcto serán capaces de construir lo que hoy parece imposible. Eso implica desarrollar una sensibilidad estratégica para leer el contexto, identificar tensiones y actuar con velocidad.
No es intuición pura, es práctica constante. Es observar patrones, conectar puntos y tomar decisiones con información incompleta. Es entender que la certeza es un lujo que la innovación no puede permitirse.
También implica construir culturas que no castiguen el intento fallido, sino que premien el aprendizaje acelerado. Donde el error no sea un final, sino un dato. Donde lo absurdo no sea ridiculizado, sino explorado. Porque en ese espacio es donde se gestan las transformaciones reales.
Al final, innovar no es un acto de genialidad aislada. Es un acto de valentía sostenida. Y el timing, lejos de ser una variable externa, es una competencia que se entrena decidiendo, actuando y ajustando, se entrena fallando más rápido que otros, se entrena teniendo el coraje de ir primero.
Al final, lo imposible no es más que lo absurdo ejecutado en el momento correcto.
por Carlos J. Simón | Jun 26, 2025 | Innovación, Relevancia
57%. Ese es el porcentaje de jóvenes de la Gen Z que ya prefiere donar a través de plataformas peer-to-peer (P2P) antes que a ONG tradicionales. El dato no es curioso. Es un síntoma de obsolescencia.
La generación más hiperconectada de la historia no quiere donar: quiere participar. No quiere llenar formularios: quiere experiencias usables y compartibles. No quiere escuchar el impacto: quiere verlo, tocarlo y contarlo.
Las ONG que quieran seguir siendo relevantes deben actuar frente a cinco verdades incómodas:
- La autoridad no se hereda, se construye: Décadas de existencia ya no generan confianza. Importan la transparencia, la interacción y la coherencia en tiempo real. Si no se puede comentar, votar o compartir… no existe.
- El impacto no se informa, se co-crea: La Gen Z no acepta ser espectadora. Quiere opinar, proponer y construir. El modelo “nosotros hacemos, ustedes financian” murió. Aunque duela.
- Las plataformas P2P son el nuevo canal de confianza: ¿Por qué donar a una ONG cuando se puede ayudar directamente a una persona real en TikTok o Instagram? La red personal genera más confianza que tu institucionalidad.
- El storytelling no es opcional: Si no podés contar tu causa en 30 segundos, con rostro humano y potencial viral, no vas a conectar. Esta generación no consume reportes, consume reels.
- El modelo de “donar mensualmente” está en cuidados intensivos: ¿Le pedirías a alguien que se suscriba a una causa como al cable? Buscan experiencias flexibles, gamificadas, simbólicas, y con evolución visible. No membresías frías.
¿Qué ONG serán relevantes?
Solo las que entiendan que el futuro no está en sus procesos, sino en su capacidad de transformarse en plataformas de participación colectiva. ONG que faciliten redes, co-creen soluciones y descentralicen su ego institucional, cediendo poder a las comunidades.
Las grandes ONG globales están ante un dilema existencial: su legado ya no garantiza su relevancia. Si siguen operando con discursos simbólicos, estructuras pesadas y estrategias clásicas, serán vistas como elefantes institucionales: grandes, costosos e incapaces de moverse.
Hoy tienen dos caminos únicamente:
- Transformarse radicalmente, migrando de organizaciones cerradas a plataformas abiertas de impacto colectivo.
- O convertirse en marcas de museo: respetadas por lo que fueron, ignoradas por lo que ya no son.
Porque al final, el nombre ya no pesa. Lo que pesa es lo que hacés con él. Podés tener premios, historias de éxito, pero si no sabés emocionar, convocar y mover a una comunidad en tiempo real, sos solo eso: un nombre pesado que nadie quiere cargar.
La Gen Z no dona a logos. Dona a causas que vibran. Y si tu organización no se siente como un movimiento vivo, ya no importa cómo se llame. Solo estás gerenciando la espera a la irrelevancia.
por Carlos J. Simón | Jun 19, 2025 | Innovación, Liderazgo
Cuando alguien me pregunta qué significa ser un líder innovador, mi respuesta es simple: es una mezcla de fe y terquedad. Fe para creer que algo nuevo puede surgir, incluso cuando nadie lo ve. Terquedad para seguir adelante cuando todos te dicen que no va a pasar.
En el tercer sector, ser un líder innovador no es una medalla, es una carga, una hermosa, agotadora y necesaria carga.
Vivimos en un mundo que exige inmediatez. Queremos impacto ya, donaciones ya, resultados ya. Pero la innovación no sigue ese ritmo. Las ideas nuevas llegan despeinadas, con errores, y sin ninguna garantía. Para muchos, eso es inaceptable, impensable y poco realizable.
Ahí está el primer contra: ser innovador te expone. Al fracaso, al juicio, a la mirada del que solo quiere KPIs verdes. Ser innovador es nadar contracorriente, muchas veces sin salvavidas. Es proponer algo distinto y ver cómo la sala se enfría con pensamientos viejos y rostros de pregunta de por qué está proponiendo esto?, si estamos bien.
Pero también hay un pro que pocos mencionan: la innovación es un imán. Atrae talento, energía, y a los valientes. Cuando un líder abre espacio para lo nuevo, se oxigena el ambiente, y la misión se renueva.
He estado en mesas donde lo fácil era repetir lo que “ya funcionó”, aunque eso nos condenara a la irrelevancia, pero con mucha elegancia. Pero también he estado en salas donde alguien se animó a preguntar: ¿Y si lo hacemos distinto?, y esa pregunta lo cambia todo.
Ser un líder innovador no es solo tener ideas, es sostenerlas, defenderlas, corregirlas en vivo. Y dejar que otros las mejoren sin que eso te robe el crédito ni la pasión.
En un entorno como el nuestro, donde las causas son grandes y los recursos escasos, liderar con innovación no es un lujo, es la única manera de no caer en la irrelevancia.
Nos piden resultados como si liderar la innovación fuera una línea de producción industrial, pero en realidad es un acto de diseño, prueba y error constante. El éxito inmediato es un espejismo. Las mejores soluciones nacen de fallar bien, aprender rápido e insistir con propósito.
Yo he propuesto ideas que no funcionaron, y bajo la presión de justificar cada centavo. He sido cuestionado por intentar lo nuevo cuando lo viejo “todavía sirve”. Pero también he visto lo que pasa cuando una idea prende: cambia todo.
Ser un líder innovador es elegir entre lo fácil y lo necesario. Entre repetir con otro formato o crear. Entre esperar o ser quien provoca.
Y si vos también sentís esa incomodidad de lo establecido, si te cuesta callar cuando hay una mejor manera de hacer las cosas, si te arde el pecho cuando una causa se apaga por falta de ideas… no lo apagues.
Porque el tercer sector no necesita gerentes obedientes, necesita líderes que se la jueguen con todo.
Y si no estás dispuesto a incomodar para transformar, que también es una decisión posible, entonces tendrás como implicación directa, que no estás liderando nada, solo estás administrando la espera hacia la irrelevancia.
por Carlos J. Simón | Jun 12, 2025 | Innovación, Liderazgo
Una vez hace varios años, estuve en una reunión donde todo sonaba bien. Palabras bonitas, powerpoints bien diseñados, métricas al día. Pero mientras todos sonreían y asentían, una idea me martillaba por dentro: esto ya no está funcionando. Pensé en decirlo, pero no lo hice.
¿Por qué? Porque no quería incomodar. Porque el ambiente estaba “en armonía”. Porque “no era el momento”. Hoy me arrepiento.
Desde entonces me lo pregunto seguido: ¿Cuántos de nosotros preferimos la irrelevancia con tal de no molestar?
En el tercer sector, el miedo a incomodar se disfraza de prudencia, no hagamos olas, no digamos eso, no cambiemos lo que ya está aprobado. Pero ¿y si el silencio es precisamente lo que nos está haciendo perder fuerza, impacto y sentido?
Somos un sector lleno de buenas intenciones, pero eso no basta. Las causas por las que trabajamos no necesitan más gente que se acomode: necesitan gente que cuestione, que rete, que empuje. Y sí, eso va a incomodar, pero también es lo que puede despertar a una organización dormida.
Porque mientras tú decidís no decir nada para no incomodar al jefe o a la junta, allá afuera hay una niña que sigue expuesta, una familia que sigue esperando, una comunidad que sigue invisible.
Yo lo viví, guardé silencio cuando debía hablar. He visto ideas potentes apagarse solo porque alguien con más poder no estaba listo para moverse o políticamente no le convenía.
Y decidí no hacerlo más.
¿Vale la pena proteger tu imagen si eso te vuelve cómplice de la irrelevancia?
Mucha gente cree que innovar es traer una aplicación, un dashboard o una estrategia digital o hasta proponer lo mismo, pero con otras palabras mas sofisticadas. Pero innovar en el tercer sector también es tener el coraje de decir: “esto ya no sirve”, aunque todos lo estén aplaudiendo. Es alzar la voz cuando lo políticamente correcto exige que bajes la mirada.
Y no hablo de ser impulsivo o imprudente. Hablo de ser honesto. Estratégico. Comprometido con la causa, no con la costumbre.
¿Querés saber qué mata a las organizaciones? No es la falta de fondos. No es el recorte presupuestario. Es la falta de relevancia. Y la irrelevancia empieza el día que preferimos no molestar, no tensionar, no cuestionar.
Es probable que lo has sentido y experimentado, no guardes silencio. No vinimos al tercer sector a encajar, vinimos a transformarlo.
Y transformar, por definición, es alterar lo que existe. Es sacudir estructuras. Es arriesgar la comodidad para abrazar el propósito y la relevancia.
Entonces te pregunto:
¿De verdad estás dispuesto a ser irrelevante… solo para no molestar?
Porque si no estás dispuesto a incomodar, tampoco estás listo para liderar y sólo estás administrando la espera para ser irrelevante.
por Carlos J. Simón | Jun 5, 2025 | Innovación, Liderazgo
Tatuada en mi historia hay una certeza: la innovación no es una herramienta, es una pulsación.
No me levanto pensando en nuevas ideas porque esté de moda. Lo hago porque mi mente no sabe estar quieta cuando ve un problema sin resolver.
Desde chico supe que algo en mí funcionaba distinto. Donde otros veían rutina, yo veía oportunidad. Donde la estructura imponía límites, mi espíritu empujaba a redibujar los bordes, eso sacaba de quicio a mis papás, porque decían que era muy rebelde.
Algunos me dijeron que era impaciente, tenían razón. Otros que era soñador, también tenían razón. Pero lo que nunca pudieron apagar fue eso que siento cuando una idea nueva aparece, me sacude el pecho y no me deja dormir.
He trabajado en el tercer sector por muchos años, donde las causas son urgentes pero los métodos a veces envejecen. Donde la voluntad abunda, pero la creatividad no siempre tiene permiso. Y ahí, en ese territorio de burocracias y miedos, aprendí a hacer espacio para lo nuevo.
No siempre sale bien, algunas ideas se estrellan, sí, se estrellan a 100 kilómetros por hora contra un muro. Pero muchas otras abren puertas donde antes solo había muros.
Innovar en lo social no es ponerle tecnología a todo, eso es un mito totalmente falso. Es preguntarse cómo hacerlo, pero con sentido. Es cambiar una metodología para que un niño se sienta visto, protegido, importante. Es convertir una vieja donación que se convirtió en una transacción, en una experiencia refrescante, inmersiva, poderosa. Es lograr que una causa se vuelva contagiosa.
He diseñado productos donde el beneficiario es el protagonista. He propuesto ideas que parecían tan locas hasta que alguien las probó. He fallado públicamente, no pocas veces y me he reinventado desde cero, mas veces de las que recuerdo.
Porque la innovación no se me ocurre: se me impone. Es una voz interna que me grita: "esto se puede hacer mejor".
Y aunque a veces me digan que debo bajar las revoluciones, que las cosas toman tiempo, que hay que seguir el debido proceso... yo los escucho, pero también escucho a mi corazón acelerado, que me grita que no nací para repetir lo que todos hacen, sino para crear, para dibujar futuros que no existen todavía.
Sé que no todas las organizaciones están listas para eso. Sé que la innovación casi siempre incomoda, exige, y a veces molesta. Pero también sé que sin ella, las causas se estancan, los equipos se cansan, la esperanza se diluye y la irrelevancia no toca la puerta, la derriba!
Por eso no me detengo.
No busco ser el más disruptivo, ni el que está en todos los foros, realmente eso no me interesa mucho. Solo quiero que cada proyecto en el que pongo el alma, tenga la posibilidad de nacer distinto y para eso dedico muchas horas del día.
Porque si algo he aprendido, es que el cambio no empieza con una estrategia, empieza con una convicción interna, con ese fuego abrazador de, sí se puede y lo vamos a hacer. Con esa fuerza que te impide quedarte quieto.
Y esa fuerza, en mi caso, se llama innovación.
Este sector no necesita solo estructuras nuevas. Necesita corazones rebeldes. Y quizás el tuyo también esté latiendo al ritmo de lo que todavía no existe.
Y si alguna vez te sentiste raro por pensar diferente, incómodo por preguntar lo que nadie se atrevía, o solo por querer hacerlo mejor, te tengo una noticia: no estás solo.
Somos pocos, sin embargo, tenemos la capacidad de cambiar al mundo, somos el 2.5% de la población global, pero cuando ese latido se activa, no hay vuelta atrás. Porque no vinimos a repetir la historia.
Vinimos a escribir la siguiente!
por Carlos J. Simón | May 8, 2025 | Estrategia, Innovación
Una vez me invitaron a una reunión para revisar el plan estratégico de largo plazo de una organización del tercer sector. Había una presentación impecable, con gráficos de colores, palabras inspiradoras y escenarios proyectados que llegaban a 5 años en el futuro. Cuando terminó, alguien me preguntó qué pensaba. Respondí: "Hermoso todo, ¿y cuándo empiezan a probar si esto funciona?". Silencio total.
Esa pregunta, más que crítica, fue una declaración de urgencia. Porque lo que vi ese día es algo que se repite con demasiada frecuencia: estrategias hermosas que no pisan tierra. En el tercer sector, todavía confundimos planificación con acción, y estrategia con movimiento. Seguimos creyendo que el cambio social se diseña desde una sala de reuniones, cuando en realidad nace en el campo, en las comunidades, en la piel de quienes se atreven a intentar algo nuevo, aunque no esté terminado.
El futuro no se planea, se prototipa. Y eso no significa improvisar. Significa tener el coraje de lanzar antes de tener todo resuelto, escuchar más que justificar, y estar dispuesto a ajustar el rumbo cada semana. Un buen prototipo es una decisión con fecha de inicio, no con garantía de éxito.
He visto ideas revolucionarias morir por esperar la validación de todos. Y también he visto iniciativas simples, con pocos recursos y mucha convicción, transformarse en modelos replicables. El secreto: alguien se atrevió a probar antes que perfeccionar.
Pero esto va más allá de métodos. Prototipar es una forma de pensar. Es entender que el error no es fracaso, sino retroalimentación. Que la validación más poderosa no es la que viene de un informe, o de una auditoría, sino de la comunidad que te dice: "Esto me sirvió".
El problema no es que no tengamos ideas. Es que las encerramos en comités, esperando el momento perfecto que nunca llega. El mundo cambió. El ritmo es otro. Y si no cambiamos la forma de actuar, seguiremos siendo relevantes… en papeles. La transformación no espera la firma del director general, espera el primer paso de alguien con coraje.
Prototipar es una rebelión contra la burocracia creativa. Es aceptar que una causa no puede esperar el sello de aprobación para ser vivida. Es asumir que si algo no funciona, no pasa nada: lo cambiamos, lo escuchamos, lo volvemos a lanzar.
Y sí, a veces habrá errores, y probablemente hasta vergüenza. Pero también habrá aprendizaje real. Y un día, cuando alguien vuelva a mostrarte un plan estratégico a 5 años plazo, vas a poder decirle: "Hermoso todo, ¿y cuándo lo van a probar?". Pero esta vez, no habrá silencio.
Habrá acción.
Y quizás esta vez, el que haga la pregunta seas vos. O mejor aún: el que ya esté probando algo, mientras otros siguen planeando. Porque si este artículo te incomoda, probablemente también te está hablando.
Entonces, no lo dejes pasar. Elegí una idea. Ponéle fecha. Probala. Y aprendé más en una semana de campo que en un año de planificación.