por Carlos J. Simón | Jul 17, 2025 | Relevancia
Durante décadas, el tercer sector se ha esforzado por rendir cuentas detalladas de todo, con excelentes indicadores, informes, auditorías, y métricas, todo con la intención de demostrar que se está haciendo y logrando algo. Sin embargo, rendir cuentas no siempre significa rendir frutos y ahí está el problema.
Hoy, muchas organizaciones sociales sobreviven atrapadas en un ciclo de ejecución perfecta, donde lo importante es justificar el presupuesto, llenar planillas y mantener la operación “funcionando”. Pero ¿funciona realmente? ¿Está cambiando algo allá afuera? ¿O solo seguimos demostrando que hicimos lo que dijimos que íbamos a hacer?
La verdad incómoda es esta: demasiadas causas nobles se están volviendo irrelevantes no por falta de corazón, sino por falta de evolución. La burocracia ha reemplazado la visión y el miedo a perder fondos ha reemplazado la audacia de proponer algo nuevo, dando paso a un resultado de bajo valor: informando mucho, pero transformando poco.
En este sentido rediseñar la esencia del impacto social, implica no conformarnos con medir actividades, debemos apuntar a resultados que cambien historias, comunidades y generaciones más allá del storytelling. Se trata de pasar de la justificación al fruto visible. Del protocolo a la transformación, pero a la transformación real, no a las matemáticas que indican impacto en personas que todavía no han nacido y celebrar esto como logro.
Creo en un tercer sector que deja de rendir cuentas a sistemas muertos y empieza a rendir frutos para vidas vivas, un sector que se atreve a incomodar, a experimentar, a fallar rápido y aprender más rápido. Un sector donde la innovación no es un lujo tecnológico, sino una necesidad moral, por alcanzar ese propósito transformador masivo que cambia al mundo de verdad.
Transformar el tercer sector significa reimaginar todo: cómo nos organizamos, cómo recaudamos, cómo contamos historias, y principalmente cómo definimos éxito. Significa crear productos con propósito, metodologías centradas en las personas, y narrativas que movilicen más que conmuevan, significa dejar de hablarle al donante y empezar a construir con él.
También significa volver a la raíz: ¿por qué hacemos lo que hacemos? Porque en ese porqué está la fuerza para rediseñar el cómo.
Este no es un llamado contra la rendición de cuentas, es más bien un llamado a que no se convierta en el techo del impacto. Porque rendir cuentas no puede ser el fin último, el fin es rendir frutos reales de cambio. Frutos que se vean, se toquen, se vivan.
Cada niño que sale del abandono, cada comunidad que se organiza, cada joven que encuentra su propósito, cada sistema que se transforma. Eso es lo que importa, no si se gasto todo el presupuesto o se cumplió con los reportes.
No estamos acá para sostener estructuras, estamos aquí y ahora para provocar futuros que no se miden solo con informes, sino con transformación viva.
Este es mi propósito. Este es nuestro desafío.
Y no vamos a parar hasta que el tercer sector deje de sobrevivir… y comience a liderar.
por Carlos J. Simón | Jul 10, 2025 | Relevancia
El tercer sector necesita un cambio urgente desde hace varios años. Hoy, muchas organizaciones funcionan como ecosistemas cerrados: estructuras controladas, predecibles y cómodas, pero con bajo impacto externo.
Trabajamos con los mismos aliados. Usamos el mismo lenguaje. Reciclamos ideas entre nosotros. En lugar de buscar transformación, gestionamos la rutina con maestría. Pero lo cómodo no transforma.
La transformación ocurre en el mar abierto, en el encuentro con lo desconocido. Si queremos seguir siendo relevantes, necesitamos pasar de un sistema cerrado a un ecosistema abierto en el tercer sector. Un sistema donde participen actores diversos y exista un flujo constante de innovación, colaboración y resultados.
Ahora bien ¿cómo se hace?
- Rompe el espejo: Deja de hablar contigo mismo. Si tu lenguaje, indicadores y procesos solo tienen sentido dentro de tu organización, estás atrapado. El primer paso es hablar claro y salir de tu burbuja.
- Identifica aliados improbables: identifica una lista de actores que normalmente no incluirías: startups, influencers, marcas tecnológicas, universidades, vecinos, emprendedores. La energía del cambio probablemente está fuera de tu organización.
- Convoca desde el propósito: No convoques desde un proyecto, hazlo desde un propósito poderoso, mostrando el desafío real y deja que otros lo reimaginen contigo.
- Prototipa relaciones, no solo soluciones: No busques validación, sino la co-creación. Involucra a otros desde el inicio del diseño. Construye confianza antes que resultados.
- Forma anillos de impacto: Un anillo casi nunca es una alianza formal, es más bien un círculo de colaboración flexible, donde cada actor mantiene su autonomía, pero todos comparten un mismo objetivo. El anillo expande el impacto.
- Diseña incentivos claros: Un ecosistema abierto funcional es donde todos ganan. Asegúrate que cada actor reciba valor. Cuando todos ganan, todos se comprometen.
- Abre TODO: datos, diálogo y visión. La apertura no es debilidad, es fortaleza. Comparte lo que sabes y sorpréndete escuchando lo que otros tienen. Construye una visión compartida y sí, también asume el riesgo que representa. Un ecosistema abierto en el tercer sector solo funciona cuando hay confianza real.
Cultura antes que presupuesto
Transformar tu forma de operar no empieza con dinero. Empieza con una cultura diferente: una que conecta en lugar de controlar. Una que construye puentes en lugar de muros. Una que se abre, incluso si da miedo y si debes hacer cambios en el staff para lograrlo, porque no todos lograrán comprender la escala del cambio requerido para llegar a un ecosistema abierto.
¿Qué puedes hacer hoy?
Contacta a un aliado improbable. No le presentes un proyecto, invítalo a imaginar el futuro con vos, a co-crear. Porque abrir el ecosistema no empieza con fondos, sino con una conversación valiente. Y esa conversación puede empezar hoy.
¿Te gustó este contenido? Compártelo o descubrí más ideas en carlosjsimon.com.
por Carlos J. Simón | Jun 26, 2025 | Innovación, Relevancia
57%. Ese es el porcentaje de jóvenes de la Gen Z que ya prefiere donar a través de plataformas peer-to-peer (P2P) antes que a ONG tradicionales. El dato no es curioso. Es un síntoma de obsolescencia.
La generación más hiperconectada de la historia no quiere donar: quiere participar. No quiere llenar formularios: quiere experiencias usables y compartibles. No quiere escuchar el impacto: quiere verlo, tocarlo y contarlo.
Las ONG que quieran seguir siendo relevantes deben actuar frente a cinco verdades incómodas:
- La autoridad no se hereda, se construye: Décadas de existencia ya no generan confianza. Importan la transparencia, la interacción y la coherencia en tiempo real. Si no se puede comentar, votar o compartir… no existe.
- El impacto no se informa, se co-crea: La Gen Z no acepta ser espectadora. Quiere opinar, proponer y construir. El modelo “nosotros hacemos, ustedes financian” murió. Aunque duela.
- Las plataformas P2P son el nuevo canal de confianza: ¿Por qué donar a una ONG cuando se puede ayudar directamente a una persona real en TikTok o Instagram? La red personal genera más confianza que tu institucionalidad.
- El storytelling no es opcional: Si no podés contar tu causa en 30 segundos, con rostro humano y potencial viral, no vas a conectar. Esta generación no consume reportes, consume reels.
- El modelo de “donar mensualmente” está en cuidados intensivos: ¿Le pedirías a alguien que se suscriba a una causa como al cable? Buscan experiencias flexibles, gamificadas, simbólicas, y con evolución visible. No membresías frías.
¿Qué ONG serán relevantes?
Solo las que entiendan que el futuro no está en sus procesos, sino en su capacidad de transformarse en plataformas de participación colectiva. ONG que faciliten redes, co-creen soluciones y descentralicen su ego institucional, cediendo poder a las comunidades.
Las grandes ONG globales están ante un dilema existencial: su legado ya no garantiza su relevancia. Si siguen operando con discursos simbólicos, estructuras pesadas y estrategias clásicas, serán vistas como elefantes institucionales: grandes, costosos e incapaces de moverse.
Hoy tienen dos caminos únicamente:
- Transformarse radicalmente, migrando de organizaciones cerradas a plataformas abiertas de impacto colectivo.
- O convertirse en marcas de museo: respetadas por lo que fueron, ignoradas por lo que ya no son.
Porque al final, el nombre ya no pesa. Lo que pesa es lo que hacés con él. Podés tener premios, historias de éxito, pero si no sabés emocionar, convocar y mover a una comunidad en tiempo real, sos solo eso: un nombre pesado que nadie quiere cargar.
La Gen Z no dona a logos. Dona a causas que vibran. Y si tu organización no se siente como un movimiento vivo, ya no importa cómo se llame. Solo estás gerenciando la espera a la irrelevancia.